Ni una ni otra se le acercaron.

Permanecieron inmóviles bajo la sombra entre gris y amarillenta del porche, mirándola como a una desconocida. Fue la misma mirada que le dedicaron el día de su llegada allí.

Finalmente, una de ellas le gritó:

– ¡Ahora nos deja! ¿Eh? ¡Tal como esas grandes mierdas de hermanas que la precedieron! ¡Usted no nos ha querido nunca, hermana Anne!

Anne tuvo que apoyarse contra la «rubia». Todas la miraron fijamente como enemigas pagadas y ella apenas pudo respirar.

– Os quiero mucho a todas.

Por último, Anne empezó a llorar.

De pronto, las chicas corrieron y se abalanzaron sobre ella cual una bandada patética de pajanllos hambrientos: la sujetaron por todas partes, le suplicaron que se quedara, aseguraron quererla mucho, la besaron.

l.a espigada monja pudo subir por fin al enorme vehículo. Se oyó el chasquido sonoro de la portezuela.

Las caras se pegaron a cada ventanilla. Anne accionó el cambio automático de marchas. Soltó el freno y agitó la mano aunque realmente no viera nada.

Luego, la hermana Anne Feeney condujo lentamente la «rubia» cerro abajo y se alejó de St. Anthony.

Iba camino de presenciar un milagro.


LA VIRGEN COLLEEN

Una luz de oro bruñido iluminaba el rostro pálido y ajado del padre Eduardo Rosetti.

Aquella iluminación se debía a una de las cincuenta lámparas verdes de lectura en la Trinity College Library de Dublín. El padre Rosetti había estado muy enfermo, misteriosamente, enfermo de muerte durante varios días en Roma. Pero el ataque, los dolores lacerantes y la fiebre le habían abandonado tan aprisa y milagrosamente como llegaron. Se sentía aún débil, desmadejado, enfermizo, pero capaz de trabajar y viajar.

Aquella noche última antes de su marcha a Maam Cross, el padre Rosetti se sorprendió a sí mismo haciendo anotaciones cual un obseso, especificando las averiguaciones hechas hasta el momento, organizando y clasificando meticulosamente las pruebas de sus declaraciones y entrevistas.



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