
Repentinamente apareció una adolescente, alta, de pecho muy liso. La estudiante del Holy Trinity vestía una blusa blanca vaporosa con falda plisada gris, zapatos negros de corte clásico, medias oscuras y una pechera postiza. Después de hacer una anticuada genuflexión, la muchacha le condujo sin decir palabra al despacho de la Reverenda Madre.
– No recibimos a menudo visitantes de la Archidiócesis… y menos todavía de Roma.
Sor Katherine Dominica acompañó estas palabras con una sonrisa bendiciente, lo cual le ganó al instante la simpatía del padre Rosetti. Indudablemente se mostró inquieta y curiosa acerca de su alumna Colleen Galaher, también acerca del distinguido visitante de Roma. Pero ella no haría ninguna pregunta, para explorar o sondear la cuestión. Como monja provinciana e irlandesa, la hermana Katherine sabía muy bien cuál era su lugar en la escala jerárquica de la Iglesia.
– Colleen Galaher ha estudiado sus lecciones en casa durante este curso -dijo la Madre Superiora al padre Rosetti -. Las demás estudiantes, y particularmente sus padres, no han sido muy afables a propósito de esta asombrosa preñez… Nosotras tampoco fuimos caritativas al principio, padre. Me refiero a las hermanas de Holy Trinity. Incluyéndome yo.
El padre Rosetti asintió. Luego, el clérigo de severa apariencia sonrio.
– Yo soy originario de un pueblo muy pequeño, hermana. Creo adivinar lo sucedido aquí hasta ahora. Una vez vi cómo unos sicilianos mutilaban a una criatura de quince años que estaba encinta.
– Ahora le llevaré a presencia de Colleen -dijo por fin sor Katherine-. Está esperando en nuestra biblioteca. Acompáñeme, padre, por favor.
Encontraron a la chica de catorce años sentada en un solio obispal sumamente incómodo; un modesto fuego de turba calentaba la biblioteca conventual.
Apenas vio a la Madre Superiora y al clérigo, Colleen Gaíaher se enderezó como un soldado perfectamente instruido.
