
¡Ah, los católicos irlandeses!, se dijo el padre Rosetti sin poder evitarlo, el último refugio en esta tierra para la Iglesia militante, el Ejército de Cristo.
La inconcebible joven erguida ante él iba ataviada con una deshilachada pero limpia gabardina beige y una bata roja debajo. También llevaba unos calcetines blancos, cortos y caídos, viejos zapatos escolares con grietas en las punteras. Evidentemente era pobre, aunque orgullosa. Y bonita. Con ojos de color esmeralda, los más brillantes de Galway.
¡Qué joven es, Dios santo! El padre Rosetti quedó pasmado, atónito.
Es sólo una colegiala de noveno grado. Ese estómago abultado parece una enormidad brutal en esta chiquilla… la virgen Colleen.
El padre Rosetti rogó a Colleen que tomara asiento y luego se colocó frente a ella en el historiado escritorio.
Después de haber conseguido que la joven se sintiera cómoda y se familiarizara humildemente con él, el prelado del Vaticano inició la entrevista laboriosa y protocolaria de la Congregación de los Ritos. La primera prueba.
Ella es sólo una niña, catorce años y medio, que atribuye inocentemente su misterioso estado a la «Voluntad de Dios Padre Todopoderoso». El padre Rosetti agregó a sus anotaciones: ¡Es una clásica colegiala de convento!
Más tarde, Eduardo Rosetti se encontró escribiendo presuroso y excitado lo siguiente: Todas mis plegarias están dedicadas a esta criatura llamada Colleen Galaher. Aquí hay indicios concretos de la promesa de Fátima… Pero, ¿qué hay de la otra muchacha virgen? Evidentemente es demasiado pronto para saber cuál de las dos engendrará al Salvador.
Por otra parte, ¡esta muchacha irlandesa tiene justamente la edad de María de Nazareth cuando nació Jesús…! ¡Ayúdame, Dios mío, ayúdame, Santa Madre, por favor! ¡La chica habla tranquilamente de visitaciones y grandes milagros!
ANNE
Los sibilantes, crujientes limpiaparabrisas estaban trazando una media luna que abarcaba exactamente la calzada de la carretera interestatal.
