La lluvia vespertina tamborileaba con hipnótica cadencia sobre la capota del vehículo de la St. Anthony School.

Anne Feeney se esforzó por concentrar su atención en la borrosa raya blanca que dividía la carretera 128 Sur en dos partes curvilíneas y deslizantes.

Cincuenta y ocho, marcó la línea roja del velocímetro.

Cincuenta y siete.

Cincuenta y cinco.

Un silbido agudo se dejó oír desde algún lugar detrás del panel de madera. La aguja del velocímetro rebasó las sesenta. El mocasín de Anne apretó el pedal del freno.

En uno de sus peores momentos naturalistas, Anne empezó a rememorar el origen de su actual escepticismo religioso.

Y por si esto fuera poco, en las oficinas archidiocesanas de Boston.

Mientras marchaba hacia su nueva e importante misión, Anne recordó aquellos lejanos días en Boston preguntándose cuál sería su relación con el presente.

Cuando Anne había sido destinada a la Cancillería Archidiocesana en la Commonwealth Avenue, le había sorprendido la gran cantidad de jóvenes sacerdotes y monjas muy progresistas e inteligentes que trabajaban allí.

Transcurridos tres días de prueba especialmente onerosos en la oficina eclesiástica, Anne iba algunas veces con ellos a un bar llamado «Jackie Doulin's» en la Beacon Street. Reunidos en los reservados sombríos y mohosos del fondo, los padres y los hermanos de la oficina archidiocesana entablaban una conversación que derivaba en polémica prolongada y seria. Hablaban sobre temas cuestionables tales como la posibilidad de que la Iglesia distribuyera algún día sus inmensas riqueza o los complejos problemas del racismo en Southey, la perspectiva teológica cristiana de la sexualidad, la posible o imposible ordenación de las mujeres.

Todos comían el picante queso «Doulin» con mostaza y bebían soda o cerveza. Aquello era una oportunidad formidable para contrastar ideas y compartir los problemas y frustraciones de sus vidas.



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