Permítame decirlo a modo de preámbulo, hermana. Mi primero y único sermón esta tarde. Prometido… Yo apruebo con todo mi corazón doliente las pequeñas reuniones que han tenido lugar durante meses en la taberna de Jack Doulin. Exactamente ante mis proverbiales narices, como suelen decir. Yo preferiría que nuestros clérigos no llevaran sus alzacuellos en «Doulin». Pero ésta es mi única queja seria.

»Ahora tranquilícese, hermana, se lo ruego. Tome un trago de cerveza conmigo. Déjeme demostrarle que no soy todo gas y jarreteras, como acostumbran a murmurar en las parroquias.

Durante las dos horas siguientes la joven sor dominica y el cardenal de Boston conversaron sin interrupción. El le preguntó su opinión sobre muchos y variados temas y escuchó atentamente cuando ella habló.

Aquel coloquio cambió totalmente las impresiones que tenía Anne sobre el cardenal John Rooney. Este prelado, que le había parecido siempre intolerante, y culpable de profesar el arcaico «cronyism» irlandés, se interesaba en realidad por las necesidades de su pueblo. Además, el cardenal Rooney estaba actuando activamente para eliminar algunos de los imperdonables hábitos adquiridos dentro de la Iglesia.

– Hace dos o tres décadas -contó el cardenal a Anne aprovechando una pausa-, cuando yo era un sacerdote joven en St. Margaret's (esto está allá por Attleboro, Anne), me abrumaban unas dudas graves, horribles, acerca de la Iglesia. Cuando descendí al nivel más bajo, abandoné St. Margaret's y partí para una correría de cinco semanas. Me comporté bastante mal durante esas semanas… pero finalmente regresé a St. Margaret's.

»Y lo hice con una fe dos veces más firme y vital que la que estimé suficiente al principio para abrazar el sacerdocio.

Los ojos entre verdes y grisáceos del cardenal parecieron retornar por unos instantes a Attleboro, Massachusetts. De pronto, el cardenal John Rooney soltó una carcajada. Luego tomó un buen trago de cerveza.



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