– Como es obvio, el párroco de St. Margaret's me despachó con cajas destempladas retorciéndome la oreja. Para aquel feroz pajarraco eso del hijo pródigo era una solemne tontería. ¡Excelente personal! Un sacerdote terrorífico de la vieja escuela. Le hice obispo cuando cumplió sus setenta y seis años. Los caminos de la vida son admirables, ¿no es verdad, Anne?

»Sea como fuere, mi argumento es que debemos formular preguntas espinosas, incluso amenazadoras. ¡Debemos hacerlo! ¡Sobre todo las mujeres de nuestra Iglesia!

»¡Haced esas preguntas irrecusables! ¿Por qué no hay mujeres dirigentes en la Iglesia? ¿Por qué da la Iglesia un trato tan injusto a las mujeres? Yo sé que lo hace. Y usted sin duda también. Preguntémonos honradamente si fue así como lo proyectó Cristo. ¿Se puede hacer algo al respecto? ¿Quién lo hará, hermana Anne?

Anne sintió una emoción tan repentina, le inspiró tanta esperanza la Archidiócesis, que temió detenerse en aquel momento para reflexionar.

– Cardenal Rooney… -preguntó al fin-. ¿Qué ocurrirá si formulo las preguntas adecuadas y entonces pierdo enteramente mi fe?

– Usted no perderá su fe haciendo preguntas. -El cardenal John Rooney sonrió a la hermana Anne-. ¿No sabe eso todavía, hermana? ¡Ahí estriba el secreto! Sus preguntas constituyen la base entera de su fe.

Un día después de aquella charla larga y complicada, la hermana Anne recibió una carta de la Cancillería Archidiocesana. Fue una petición del cardenal Rooney rogándole que aceptara un nuevo destino: ella sería la nueva ayudante especial del propio cardenal. Anne sería la primera persona no sacerdotal que ocupara tal empleo…, la primera mujer. Justamente por eso el cardenal Rooney había querido dialogar con ella el día anterior. Sin duda la hermana Anne Feeney estaba destinada a realizar obras importantes en la Archidiócesis de Boston.



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