Al norte de Lexington y Concord, Anne abandonó la autopista para llenar el depósito y comprar algunos comestibles. A la luz del día y con mejor tiempo, esta comarca de Massachusetts era muy pintoresca; ella lo recordaba por antiguas excursiones dominicales. Los habitantes de las ciudades circundantes se interesaban por el mantenimiento y restauración de viviendas, cuadras y tabernas históricas.

Ya bajo cobijo, ante el deslumbrante mostrador de un «Howard Johnson's». Anne ocupó un taburete de vinilo anaranjado y se balanceó discretamente treinta grados de un lado a otro.

Saboreó una taza rebosante de café humeante y negro. Después más tranquila, se permitió rememorar su conversación de aquella mañana con monseñor John Maher. Examinando su propia imagen en el espejo del restaurante creyó casi oír la voz de monseñor.

– El cardenal Rooney ha pedido expresamente su contribución, Anne -le había dicho monseñor Maher-. Quiere que usted sea una especie de compañera para esa jovencita.

Existe la posibilidad de un natalicio virginal. El cardenal Rooney lo había expuesto sin rodeos. En Newport, Rhode Island.

Anne se reprimió para no gritar tan asombrosa revelación en la barra repleta de gente.

Intentó pensar con razonamientos lógicos sobre ese natalicio virginal. Su cuerpo se estremeció obligándola a soltar la taza de café que empezaba a tintinear.

Se estaba investigando en secreto…, investigando seriamente un milagro inconcebible. Anne reflexionó. El Vaticano estaba ya implicado. El cardenal de Boston lo estaba también personalmente.

¡El nacimiento de un niño divino en pleno siglo xx!

Un acontecimiento que podría sobrevenir -o quizá no-desde hacía aproximadamente dos mil años.

¡No! El pensamiento de Anne rechazó esa idea imposible. En nuestra Era no ocurren semejantes cosas.

Tenía que haber algún truco. Un fraude singular y complejo. Decididamente se lo debería examinar con un grano de sal. Cum grano salís.



20 из 210