¡Cuánto adoraba él el Vaticano y Roma! Porque aquello entrañaba una historia increíble, un ceremonial grandioso y una tradición sumamente inspiradora.

En cierto modo, Rosetti era como la imponente arquitectura pétrea de su alrededor; recio, suficientemente seguro para resistir los embates de las edades… y en particular de esta inquietante edad. A decir verdad, el joven sacerdote era una de las figuras más relevantes del Vaticano. Tal vez aquel día el padre Rosetti fuera la única importante.

Su paso vivo hacia la Basílica se aceleró perceptiblemente. Sus rígidos zapatos negros crujieron y golpearon contra los desiguales adoquines de la acera. Hubo un apresuramiento inconfundible de sus latidos, un brillo singular en sus ojos oscuros. El padre Rosetti empezó a orar con voz tronante mientras caminaba por la avenida del Vaticano. Se dijo que jamás había sentido tanto terror en su vida.

Cuando atravesaba la majestuosa piazza de Bernini -la multitudinaria e inmensa plaza de San Pedro-el joven sacerdote creyó estar oyendo todavía las recientes palabras de Su Santidad el Papa Pío XIII, dominando el estrépito de las calles romanas.

– Padre Rosetti…, Eduardo -le había dicho Pío-. Tú eres el investigador jefe para la Congregación de los Ritos. Tú eres el investigador de milagros y presuntos milagros en el mundo entero… Padre, quiero que investigues un milagro para mi propia tranquilidad. Una investigación privada. Una investigación papal.

El padre Rosetti apresuró el paso ante los cuatro suntuosos candelabros construidos al pie del obelisco egipcio que constituyera otrora el centro del circo neroniano.

– Padre, hace setenta años nuestra Bendita Señora dejó un mensaje controvertible en Fátima, Portugal. Ese gran secreto de Fátima no ha sido revelado al mundo hasta el presente día.



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