Una diminuta niña negra llamada Reggie Hudson asomó un inmenso ojo castaño por la maltratada jamba y oteó la cocina.

– Le estoy echando mal de ojo, hermana Anne.

Reggie sonrió.

– Buenos días, Regine. Yo te echo mi ojo benevolente. ¿Quieres atender a la puerta, por favor? Gracias, Reggie. Vienes como llovida del cielo.

Reggie Hudson danzó con pasos graciosos por toda la cocina, probó con un dedo el almíbar de las peras, abrió la nevera y escudriño su interior, repleto con cartuchos de leche y envases de mermelada y condimentos alegremente coloreados.

No era que las chicas despreciaran a Anne; tan sólo habían adquirido el hábito de desentenderse…, desentenderse de todo el mundo.

Por fin fue la propia Anne quien corrió hacia la entrada.

Abrió bruscamente la puerta de roble alabeado y se vio ante monseñor John Maher, el principal y administrador de St. Anthony.

– ¿Seguimos con el usual manicomio, hermana Anne? Anne hizo entrar respetuosamente en Hope Cottage al sacerdote de colorado rostro.

– Da la casualidad de que todo está muy tranquilo esta mañana. Ninguna gresca entre gatas. Ninguna amenaza con navajas. Ningún correctivo… Pase, pase, monseñor, y desayune con las chicas.

– Hermana, me agradaría tomar unos sorbos de café -repuso el clérigo de complexión apopléjica-. Pero preferiría hacerlo en una estancia tranquila para charlar un rato con usted.

Anne fue a buscar dos tazas de café bien cargado y ascendió con monseñor Maher la desvencijada escalera hacia la biblioteca y aula de las muchachas.

Anne cerró una radio portátil cuyo altavoz lanzaba música rock a los cuatro vientos, y ambos se acomodaron en el súbito silencio.

Monseñor miró por la pequeña buhardilla, contempló las hojas ondulantes de olmo y las hermosas pinceladas de cielo azul turquí.



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