apetitosos ruidos de huevos burbujeantes, grasa de tocino y reanimador café, y el persistente bordoneo de un vacío de catorce años llegando por el pasillo desde la sala de estar, una enloquecida delincuente juvenil de Boston musitando sobre su año pasado como enloquecida y balbuceante delincuente juvenil en Baton Rouge, Luisiana, un sonsonete (horrible parodia del canto lírico para el reclutamiento en el Marine Corps) entonado por tres muchachas del Hope Cottage:

¿Quién es esa hermana que nos hace polvo el culo?

¡La hermana Anne, mala de verdad!

¡Atención…, un, dos!

¡Atención…, tres, cuatro!

Anne Feeney se encontró dispuesta a esbozar la primera sonrisa del día. O algo parecido. Media sonrisa en cualquier caso.

¡A qué nido de locos he venido! Anne meneó la cabeza. ¡Pero qué agradable es la mayor parte del tiempo!

Exactamente siete meses antes, la hermana Anne Feeney había llegado a la Escuela de St. Anthony para Niñas sin Hogar (San Toni en las montañas). Se había trasladado allí directamente desde un importante empleo en las oficinas de la archidiócesis bostoniana. Antes de eso, la hermana Anne no había proferido jamás una maldición, había disfrutado con la lectura de libros corrientes y molientes, y de novelas más serias, había tenido un concepto más o menos claro del Universo.

Sin embargo, apenas transcurridas seis semanas, las diecinueve chicas de Hope Cottage habían alterado su terminología, su estilo de vida y, en cierta medida, su noción moral del mundo. Ahí estribó posiblemente el motivo de que la Madre Superiora la destinara a St. Anthony.

Por encima del estrépito se oyó muy débil el timbre de la entrada.

– ¿Quiere responder a la puerta alguna de vosotras, pobres monas sordas? -gritó.

El sonsonete de la Marina se fue acercando a la sala de juegos.

– ¡El desayuno está servido! -La voz estridente de Anne se elevó medio decibelio hasta dominar el ruido ensordecedor de Hope Cottage en una mañana de escuela-. ¿No quiere abrir alguien la puerta, por favor?



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