En sus años escolares había leído la historia del parque. El libro de texto oficial de la época decía que a principios de siglo el parque sólo estaba abierto a expatriados occidentales. En las puertas había letreros que decían: No se permiten chinos ni perros, y había guardias sij con turbante rojo apostados allí para impedir el paso. Después de 1949, el gobierno comunista consideró que constituía un buen ejemplo de la actitud de los poderes occidentales en la China pre-comunista, y a menudo era citado en los programas de educación patriótica. ¿Había ocurrido realmente? Era difícil saber la verdad, ya que la línea que separaba la verdad de la ficción siempre la trazaban y la borraban los que ostentaban el poder.

Subió un tramo de escaleras hasta el paseo, aspirando el fresco aire del malecón. Sobre las olas se deslizaban los petreles, relucientes sus alas entre la luz grisácea, como si salieran volando de un sueño olvidado. La línea divisoria entre el río Hunagpu y el río Suzhou se hacía visible.

Sin embargo, el parque atraía al inspector jefe Chen por un motivo más personal que su belleza o su historia.

A principios de los años setenta, al terminar el instituto, se hallaba a la espera de que le adjudicaran una misión; como no tenía que estudiar ni trabajar, había empezado a practicar tai chi en el parque. Dos o tres meses más tarde, una mañana envuelta en la bruma, tras otro tímido intento de imitar las antiguas posturas, tropezó con un ajado libro de texto de inglés abandonado en un banco. No logró descubrir cómo había llegado hasta allí. En ocasiones la gente ponía periódicos o revistas viejos en los asientos para protegerse de la humedad, pero jamás un libro de texto. Se lo llevó al parque varias semanas, esperando que alguien lo reclamara. Nadie lo hizo. Entonces, una mañana, frustrado por una postura de tai chi extremadamente difícil, abrió el libro al azar. A partir de entonces, en el parque estudió inglés en lugar de tai chi.



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