
La chaqueta del pijama sólo tenía un bolsillo. Chen metió la mano. No había nada. Tampoco vio ninguna etiqueta en la ropa. Tocó con cuidado la mandíbula inferior y el cuello del cadáver, que no estaban ensangrentados. La rigidez era perceptible, pero el resto del cuerpo aún estaba relativamente blando. Había cierta lividez en las piernas. Al presionar con el dedo, las manchas purpúreas emblanquecieron, de manera que era probable que la muerte se hubiera producido cuatro o cinco horas antes.
Abrió un párpado del muerto: un ojo inyectado en sangre miró fijamente el firmamento, moteado de nubes. Las córneas no eran opacas todavía, lo que reforzaba el cálculo de que la muerte había sido reciente.
¿Cómo podía encontrarse un cadáver en el parque del Bund?
El inspector jefe Chen sabía una cosa de la dirección de Seguridad del parque. Los agentes de Seguridad, así como los voluntarios jubilados, hacían sus rondas nocturnas con diligencia, mirando en todas partes y anunciando por los altavoces: «¡Apresúrense! ¡Es la hora!», y enfocaban con sus linternas a los amantes que se hallaban en los rincones oscuros antes de cerrar la verja. En una ocasión había hecho un informe especial sobre ello al departamento, con el fin de justificar la dotación de más fondos por su trabajo nocturno. Con la gran escasez de vivienda que había en Shanghai, el parque se prestaba a los escarceos amorosos de los jóvenes que no gozaban de intimidad en su hogar, y era fácil que se olvidaran de que el tiempo pasaba y de que se encontraban en un lugar público. Ahí Seguridad hacía un buen trabajo. Zhang se había mostrado firme en descartar la posibilidad de que alguien se hubiera escondido en el parque antes de que cerraran, y Chen le creía.
