
Siguió a Zhang hasta un rincón parcialmente tapado por un arbusto a ras del malecón, a unos cinco metros de la entrada trasera. En el suelo yacía un cuerpo tendido de espaldas, mutilado, y con múltiples heridas, de las que la sangre se había derramado formando una telaraña surrealista. Se veía una línea de manchas negras que iba desde la orilla hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo.
El inspector jefe Chen no había ni soñado jamás que le llamarían para examinar el escenario de un crimen en el parque del Bund.
– Estaba haciendo mi ronda matinal cuando tropecé con esto, camarada inspector jefe Chen. Usted viene a menudo por la mañana, todos lo sabemos -dijo Zhang en tono de disculpa-, así que…
– ¿Cuándo ha hecho su ronda esta mañana?
– Hacia las seis. Inmediatamente después de que abrieran el parque.
– ¿Cuándo hizo su última ronda anoche?
– A las once y media. Antes de cerrar comprobamos varias veces que no quedara nadie.
– Así que está seguro…
Su conversación fue interrumpida por unas carcajadas que resonaron en la orilla próxima a la entrada. Allí, una mujer joven posaba con una sombrilla japonesa para la cámara de un hombre también joven. Sentada en el murete del dique, inclinaba la parte superior del cuerpo hacia el agua. Una postura peligrosa. Tenía las mejillas sonrosadas; se vio el resplandor del flash de la cámara. Posiblemente era una pareja en viaje de luna de miel. Un día romántico iniciado tomando fotos en el parque del Bund.
– Evacué el parque y ciérrelo toda la mañana -ordenó Chen, frunciendo el ceño. Escribió algo en el dorso de un marcapáginas-. Llame a este número desde su oficina. Es el número del inspector Yu Guangming. Dígale que venga lo antes posible.
Mientras Zhang se alejaba apresuradamente, Chen se detuvo a examinar el cuerpo. Era un varón de cuarenta y pocos años, de altura y complexión medianas, vestido con pijama de seda de aspecto caro.
