
Recorrió la habitación con los prismáticos y vio a su vigilante sentada en una esquina. Por la inclinación de su cabeza, imaginaba que estaba dormida.
¡Qué descuido! Si trabajara para él, la despediría. Pero no trabajaba para él, de modo que aquellos malos hábitos lo beneficiaban.
Volvió a prestar atención a la secuestrada. Madison Hilliard cruzó hacia las puertas de la terraza y las abrió. Después de mirar a su secuestradora para asegurarse de que continuaba durmiendo, salió al frío de la noche californiana y se acercó a la barandilla.
Su vida había tomado un rumbo de lo más desagradable, pensó Tanner sin ninguna compasión. Dos semanas atrás, estaba disfrutando de su plácida vida de millonaria y en aquel momento se encontraba cautiva, amenazada.
– Rojo Dos, adelante -musitó alguien a través del auricular de Tanner.
Tanner dio unos golpecitos en el auricular a modo de respuesta. De momento era preferible no hablar.
Madison continuaba paseando por la terraza. Tanner guardó los prismáticos. No tenía sentido mirarla. Había pasado las últimas cuatro horas del día estudiándolo todo sobre ella. Sabía su edad, su estado civil, las marcas corporales que la distinguían, sabía que le gustaba ir de compras, que prácticamente no hacía nada a lo largo del día y que tenía dinero suficiente como para mantener a un hombre. Pero no era su tipo, pensó Tanner.
Miró de nuevo el reloj. Ya era casi la hora. Dio unos golpecitos al auricular y alargó la mano hacia su pistola, una pistola cargada de sedantes capaces de incapacitar a alguien en menos de cinco segundos. Él habría preferido algo más rápido, pero su cliente había insistido en que no quería muertos.
Era una pena, pensó Tanner, mientras se arrastraba hacia las puertas de cristal de uno de los laterales de la casa. Él no tenía mucha paciencia con los secuestradores.
Y lo excesivo del rescate que habían pedido lo había indignado: veinte millones de dólares sin marcar.
