
Alargó la mano hacia las puertas de cristal y esperó. Y en menos de tres minutos, ocurrieron tres cosas: Brody le comunicó mediante unos golpecitos que el terreno estaba despejado; un doble clic le indicó que el sistema de alarma había sido desconectado…
Lo tercero fue que salió uno de los secuestradores en el momento indicado.
«Estúpido», pensó Tanner mientras le disparaba con el silenciador y conseguía inmovilizarlo. El secuestrador cayó en el jardín sin hacer apenas ruido. Tanner golpeó dos veces el auricular.
– Rojo Dos, adelante -volvió a decirle una voz.
Ángel, el mejor francotirador de Tanner, estaba apostado en un árbol, fuera del área de acción y pendiente de todo lo que estaba pasando. Sólo a un idiota se le ocurriría meterse en el infierno sin un ángel que lo protegiera.
Tanner giró hacia las puertas cerradas de cristal y sacó un pequeño bote de su cinturón de herramientas. Un minuto después, el ácido había hecho papilla las cerraduras y él accedía al interior de la casa. Se puso las gafas de visión nocturna, golpeó dos veces el auricular para avisar a su equipo de que estaba a punto de iniciar la siguiente fase de la operación y se dirigió hacia las escaleras.
Al final de la escalera encontró e inmovilizó a otro de los guardianes, pero no se encaminó hacia la habitación de la secuestrada hasta que oyó tres golpecitos seguidos por un nuevo «Rojo Dos, adelante».
Entonces vació su mente de todo lo que no fuera absolutamente esencial. Tenía grabado el plan en el cerebro. La última vez que había visto a Madison estaba en el balcón. Su vigilante todavía estaría durmiendo, de modo que bastaría un disparo para sedarla. Con un poco de suerte, ni siquiera se daría cuenta de que le habían disparado.
Tanner giró el recipiente que todavía sostenía en la mano y vació la siguiente dosis de ácido en la puerta. Contó lentamente hasta sesenta y la abrió.
– Hay un hombre en las escaleras, Tanner. Vigila tu espalda.
