
— Pude ver al aparato cuando descendía al otro lado de los árboles — dijo el concejal Simmons —. Estoy seguro de que es un avión. Las naves inseminadoras no tenían alas ni forma aerodinámica. Y además era muy pequeño.
— Sea lo que fuere, lo veremos en cinco minutos — dijo Brant —. Vean esa luz. Parece que aterrizó en el Parque de la Tierra. Claro, no podía ser de otra manera. Podríamos detener el auto aquí y seguir el resto del camino a pie.
El Parque de la Tierra, un prado de hierba bien cuidada al este del Primer Descenso, era invisible desde el auto, oculto por la columna negra y alta de la Nave Madre, el monumento más antiguo y venerado del planeta. Un haz de luz, que aparentemente provenía de una sola fuente, iluminaba los bordes del gran cilindro metálico, todavía reluciente a pesar de los años trascurridos.
— Para el auto antes de llegar a la Nave — ordenó la alcaldesa —. Bajaremos a echar una mirada desde allá. Y apaga los faros, quiero verlos antes de que nos vean ellos.
— ¿Ellos o ésos? — dijo uno de los pasajeros, al borde de la histeria.
Nadie le prestó atención.
Brant llevó el auto hasta ubicarlo a la sombra de la gran nave y antes de detenerlo efectuó un giro de ciento ochenta grados:
— Así podremos escapar si hace falta — dijo, medio en serio, medio en broma; aún no creía que hubiera peligro. Más aún, se preguntaba si de verdad estaba despierto o si todo el asunto no era más que un sueño vívido…
Bajaron del auto, se acercaron a la nave y la rodearon hasta llegar al brillante muro luminoso. Brant alzó una mano para proteger sus ojos del resplandor y se asomó.
El concejal Simmons tenía razón: era una nave aérea, o aeroespacial, muy pequeña. Tal vez los norteños… no, imposible. No tendría objeto construir semejante vehículo, dadas las pequeñas dimensiones de las Tres Islas, y además no habría manera de mantenerlo en secreto.
