
Bruscamente se apagó la luz. sumiendo al pequeño grupo de observadores en la oscuridad. Cuando sus ojos se acostumbraron a la falta de luz, Brant vio una hilera de ventanas cerca de la trompa de la maquina iluminadas desde adentro. Pero… ¡parecía una nave tripulada, no una sonda robot como habían pensado!
La alcaldesa Waldron acababa de llegar a la misma, asombrosa conclusión.
— Eso no es un robot ¡hay gente allí adentro! Ilumíname con tu linterna, Brant, para que nos vean.
— Pero Helga — protestó el concejal Simmons.
— No seas tonto, Charlie. Vamos, Brant, ilumíname.
¿Qué era lo que había dicho el primer hombre que descendió sobre la Luna, casi dos milenios atrás? «Un pequeño paso…». Habían avanzado unos veinte cuando se abrió una puerta en el costado del vehículo, una rampa se desplegó hacia afuera y dos humanoides bajaron a su encuentro.
Eso fue lo que pensó Brant a primera vista. Bruscamente se dio cuenta de que lo había engañado el color de su piel, vista a través de la película flexible — trasparente que los cubría de pies a cabeza.
No eran humanoides sino… ¡seres humanos!. Bastaría protegerse del sol para quedar tan pálido como ellos.
La alcaldesa alzó las manos en el tradicional gesto, tan antiguo como el hombre, que decía «estamos desarmados».
— No sé si pueden entenderme — dijo —. Bienvenidos a Thalassa.
Los forasteros sonrieron y el mayor — un hombre apuesto y canoso de sesenta y tantos años — alzó las manos a su vez.
