Mirissa se apartó mientras el pequeño catamarán avanzaba hacia la arena sobre sus tambores fuera de borda, como un primitivo animal marino que se lanza por primera vez a tierra firme. Apenas pasó la línea de marea alta, Kumar apagó el motor y saltó a tierra junto a su furibundo capitán.

— Le he dicho a Brant una y otra vez que debe ser un accidente, tal vez un ancla flotante. No entiendo por qué los norteños habrían de hacer semejante cosa a propósito.

— Te diré por qué — replicó Brant —. Porque son demasiado haraganes para tomarse la molestia de desarrollar la tecnología requerida. Porque temen que atrapemos demasiados peces. Porque…

Al ver la sonrisa burlona del otro le arrojó la maraña de cables retorcidos. Kumar la atrapó hábilmente.

«Y aunque fuera un accidente, no tienen por qué anclar ahí. El lugar está señalado en los mapas: Prohibida la Entrada — Proyecto de Investigación. Voy a presentar una queja.

Brant había recuperado su buen humor; su rabia nunca duraba más de un par de minutos. Mirissa le acarició suavemente la espalda:

— ¿Tuvieron buena pesca? — preguntó en tono apaciguador.

— Claro que no — respondió Kumar —. Sólo le interesan las estadísticas: tantos kilogramos por kilovatios y otras estupideces por el estilo. Suerte que llevé mi caña. Cenaremos atún.

Metió la mano en el bote y sacó un cuerpo de casi un metro de largo, elegante y aerodinámico. Sus colores se desvanecían, sus ojos ciegos habían perdido todo su brillo.

«No es fácil pescar uno de éstos — dijo, orgulloso. Y en ese momento, mientras admiraban la presa, la Historia se abatió sobre Thalassa, y ese mundo sencillo y despreocupado, el único que los jóvenes habían conocido, llegó bruscamente a su fin.

La señal de su muerte estaba escrita en el cielo, como si una mano gigantesca hubiera trazado una raya de tiza sobre la bóveda celeste. Los bordes perdían nitidez, y ya el chorro de vapor parecía un puente de nieve que se extendía de un horizonte al otro.



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