
Un trueno distante bajó de lo alto del cielo. Hacía setecientos años que en Thalassa no se escuchaba un ruido semejante, pero cualquier niño podría reconocerlo.
Mirissa se estremeció, su mano buscó la de Brant. Él entrelazó sus dedos con los de ella pero parecía ausente, su mirada, como perdida, seguía clavada en ese cielo partido por la mitad.
Estaba tan impresionado como los otros:
— Una de las colonias nos descubrió.
Brant meneó la cabeza lentamente, sin convicción:
— ¿Por qué habrían de molestarse? Si tienen los viejos mapas, deben de saber que Thalassa es casi todo océano. No tiene sentido que vengan aquí.
— Tal vez lo hacen por curiosidad científica — sugirió Mirissa —. Querrán saber qué ha sido de nosotros. Yo siempre he dicho que deberíamos restablecer las comunicaciones…
Era una antigua polémica que resurgía cada dos o tres décadas. La mayoría coincidía en que algún día habría que reconstruir la gran antena de la Isla Oriental, destruida cuatro siglos atrás por la erupción del Krakan. Pero — siempre había algo más importante — o interesante — que hacer.
— La construcción de una nave estelar es una obra gigantesca — dijo Brant, pensativo —. No creo que ninguna colonia lo haría, salvo que las circunstancias la obligaran. Igual que en la Tierra…
La frase quedó en suspenso. A pesar de los siglos transcurridos, la evocación de ese nombre despertaba profundas emociones.
Los tres se volvieron hacia el este: la noche ecuatorial avanzaba rápidamente sobre el mar.
Ya habían salido algunas de las estrellas más brillantes, y sobre las palmeras se alzaba la pequeña e inconfundible constelación del Triángulo. Eran tres estrellas de la misma magnitud, pero siglos atrás, un cuarto astro había brillado con mucha mayor intensidad durante algunas semanas, junto al vértice austral de la constelación.
