
Había podido contemplarla, gracias a los hombres abnegados que sacrificaron los últimos instantes de sus vidas para colocar las cámaras cinematográficas. Fue así como vio…
…el resplandor rojizo de la Gran Pirámide al convertirse en un charco de piedra derretida…
…el lecho del Atlántico, convertido en roca calcinada en materia de segundos, antes de quedar sumergido bajo las olas de lava ardiente que manaban de los volcanes de la Grieta Oceánica Central…
…la Luna al alzarse sobre los bosques brasileños en llamas, resplandeciente como el Sol, al ponerse por última vez…
…el suelo de la Antártida, después de su prolongado entierro bajo kilómetros de hielo…
…la gran luz central del Puente de Gibraltar al derretirse en el aire candente…
En su último siglo de vida la Tierra se debatió entre sus fantasmas, pero no los de los muertos sino los de quienes jamás llegarían a nacer. Durante quinientos años se impuso una tasa de natalidad muy baja, a fin de reducir la población humana a unos pocos millones para cuando llegara el fin. Ciudades y países enteros quedaron abandonados, mientras la humanidad se aprestaba a presenciar el descenso del telón de la Historia.
Fue una época de extrañas paradojas, de bruscas oscilaciones del estado de ánimo colectivo entre la desesperación y la exaltación febril. Muchos buscaban el olvido en los métodos tradicionales: drogas, sexo y deportes peligrosos, e incluso en guerras limitadas, cuidadosamente controladas y libradas con armas acordadas de antemano. Otros buscaban la catarsis en la electrónica, los interminables videojuegos, el teatro con participación del público y el estímulo directo de los centros de placer del cerebro.
