Su superficie, muy encogida, todavía podía verse a través de un telescopio de mediana potencia. Pero ningún instrumento era capaz de mostrar la brasa apagada que giraba a su alrededor, y que alguna vez había sido el planeta Tierra.

2 — La pequeña partícula neutra

Mil años después, un gran historiador pudo calificar al período 1901–2000 como «el siglo durante el cual todo ocurrió». Agregó que la gente de esa época hubiera coincidido con él… pero por otras razones.

Hubieran destacado, con justo orgullo, las hazañas científicas de la época: la conquista del espacio, la liberación de la energía atómica el descubrimiento de los principios fundamentales de la vida, las revoluciones en la electrónica y las comunicaciones, los primeros avances en el terreno de la inteligencia artificial y lo más espectacular de todo, la exploración del sistema solar y el primer descenso en la Luna. Pero el mismo historiador señaló, con la absoluta precisión propia de la mirada retrospectiva, que ni uno de cada mil terrícolas se enteró de un descubrimiento que trascendió a todos los anteriores, casi hasta el punto de volverlos irrisorios.

Al principio parecía un hecho inofensivo y tan alejado de los asuntos humanos como esa placa fotográfica velada del laboratorio de Becquerel que desembocaría cincuenta años más tarde, en la bola de fuego sobre Hiroshima. Más aún, era un subproducto de la misma investigación y sus comienzos fueron igualmente inocuos.

La naturaleza es un contador sumamente estricto, sus libros están siempre balanceados. Por eso los físicos quedaron sumamente perplejos al comprobar que en ciertas reacciones nucleares siempre parecía faltar algo en uno de los términos de la ecuación.

Así como un tenedor de libros se apresura a reponer el dinero que ha sacado de la caja menor para salir bien parado de la auditoria, los físicos se vieron obligados a inventar una partícula nueva.



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