
— Pero han pasado tantos años…
— Eso no importa. La velocidad de los primeros inseminadores era muy inferior a la de la luz. La Tierra perfeccionó los modelos hasta el momento de su destrucción. Si los últimos modelos fueron diez veces más veloces que los primeros, deben de haberlos alcanzado en un siglo, más o menos. Seguro que hay naves en camino. ¿No te parece, Brant?
Mirissa siempre solicitaba su opinión, en lo posible trataba de hacerle sentir que aportaba las ideas más brillantes. Sabía de sus sentimientos de inferioridad y trataba de no alentarlos.
El hecho de ser la persona más inteligente de Tarna la condenaba a cierta soledad; aunque se comunicaba con otros habitantes de las Tres Islas, no eran muchas las oportunidades que tenía de encontrarse con ellos. A pesar del alto desarrollo alcanzado por las comunicaciones, nada reemplazaba el contacto humano.
— Sí, es una posibilidad — dijo Brant —. Tal vez tengas razón.
Brant Falconer no había estudiado historia, pero como técnico conocía la compleja sucesión de acontecimientos que había desembocado en la colonización de Thalassa.
— ¿Y qué haremos si de verdad es una nave de inseminación que viene a colonizar el planeta por segunda vez? — preguntó —. Podríamos decirles, gracias, pero mejor vuelvan otro día.
Hubo algunas risas nerviosas, seguidas de la voz pensativa del concejal Simmons:
— No será difícil, llegado el caso, saber qué hacer si de verdad es una nave de inseminación. Además, los robots deberían ser lo suficientemente inteligentes como para suspender su programa al comprobar que el planeta ya ha sido colonizado.
— Puede ser; pero también puede ser que se crean capaces de hacerlo mejor. Lo único que sabemos es que, sea una reliquia de la Tierra o un modelo posterior proveniente de alguna de las colonias, sólo puede ser un robot.
