
En eso todos estaban de acuerdo. El vuelo interestelar tripulado era peligroso, extraordinariamente costoso y además, aunque teóricamente factible, no tenía sentido. Los robots eran muchísimo más baratos e igualmente eficientes.
— Bueno, pero la pregunta es, ¿qué haremos? — dijo uno de los aldeanos.
— Tal vez no sea problema nuestro — replicó la alcaldesa —. Todos dan por sentado que se dirigirá al punto del Primer Descenso, pero ¿por qué tiene que ser así? Isla Norte parece un lugar más probable…
La alcaldesa se equivocaba con frecuencia, pero nunca como en esta ocasión. Esta vez, el ruido sobre Tarna no fue un trueno que bajaba de la ionosfera sino el silbido agudo de un avión al volar muy bajo. Todos se precipitaron hacia la salida; los primeros llegaron justo a tiempo para ver un avión de retropropulsión cuyas alas tapaban momentáneamente las estrellas y cuya trompa apuntaba directamente hacia el sitio venerado, el último punto de contacto con la Tierra.
La alcaldesa Waldron informó brevemente a la Central y se unió a los aldeanos que se arremolinaban frente a la salida.
— Adelántate, Brant. Vete en la cometa.
El ingeniero jefe de mantenimiento de Tarna pestañeó; era la primera vez que recibía una orden directa de la alcaldesa. Parecía levemente desconcertado.
— Un coco cayó sobre el ala hace un par de días y la desgarró. No tuve tiempo de repararla. Además, no está equipada para vuelos nocturnos.
La alcaldesa lo miró con sorna:
— Espero que mi auto funcione — dijo.
— Por supuesto — dijo Brant, ofendido —. Tiene el tanque lleno.
El auto de la alcaldesa se utilizaba muy poco; un caminante podía atravesar Tarna de punta a punta en veinte minutos, y el trasporte local de alimentos y maquinaria se efectuaba en triciclos. En sus setenta años de servicio oficial tenía menos de cien mil kilómetros recorridos; de no mediar algún accidente, le quedaba un siglo de vida, por lo menos.
