
– Pequeña mía -susurró mientras le acariciaba la mejilla con dulzura. Era la primera vez que la tocaba en quince años-. ¿Qué te han hecho? ¿Qué nos han hecho a todos?
Debería haberse quedado. No debería haberla abandonado, no debería haber abandonado a ninguna de ellas; pero los fedayines habían entablado combate con los estadounidenses cerca del Ministerio de Información, y ellos oían desde allí el tiroteo y las explosiones mientras protegían los frisos con sacos de arena y envolvían las estatuas con gomaespuma, alegrándose de haber podido poner a buen recaudo al menos parte de los tesoros antes de la invasión. Las escaramuzas habían llegado hasta el centro emisor de televisión, a menos de un kilómetro de allí, y a la terminal de autobuses, al otro lado del complejo, cada vez más cerca de ellos. El doctor Al-Daini, aduciendo que tenían alimentos y agua almacenados en el sótano, había abogado por quedarse; pero los demás, en su mayoría, consideraron que el riesgo era excesivo. Salvo uno, todos los vigilantes habían huido, dejando atrás armas y uniformes, y hombres vestidos de negro, armados, irrumpían ya en los jardines del museo. Así las cosas, habían cerrado las puertas de la entrada y escapado por detrás para cruzar a la orilla este del río, con la idea de esperar en casa de un compañero hasta el cese de hostilidades.
Pero el cese no se produjo. Cuando intentaron volver por el Puente de la Ciudad Sanitaria, se vieron obligados a retroceder, de modo que regresaron a casa de ese mismo compañero de trabajo, y tomaron café, y esperaron un poco más. Quizá se quedaron allí demasiado tiempo, planteándose una y otra vez si convenía o no salir de lo que, por el momento, era un lugar seguro, pero, en realidad, ¿qué otra opción tenían? Aun así, él no podía perdonarse, ni mitigar su culpabilidad. Había abandonado a la muchacha, y esa gente se había ensañado con ella.
