
Sólo asomaba la cabeza, con los ojos azules abiertos, los labios teñidos de un rojo desvaído. Se arrodilló junto a ella y retiró con cuidado parte de los escombros. Fuera oía voces, y el retumbo de los tanques al cambiar de posición. De pronto una luz intensa iluminó el pasillo y aparecieron hombres armados, vociferando, dando órdenes, pero llegaban demasiado tarde. Otros como ellos, anteponiendo sus propios intereses, habían permanecido de brazos cruzados mientras todo aquello ocurría. A esos individuos la muchacha les era indiferente, pero no así al doctor Al-Daini. La reconoció de inmediato, porque era una de sus preferidas. Su belleza lo cautivó desde el instante en que posó la mirada en ella, y en los años posteriores nunca dejaba de buscar algún momento de tranquilidad para pasarlo con ella durante el día, o para cruzar un saludo, o sencillamente para quedarse a su lado y devolverle la sonrisa.
Tal vez aún fuera posible salvarla, pensó, pero mientras apartaba con cautela maderas y piedras, comprendió que poco podía hacer ya por ella. Tenía el cuerpo destrozado, hecho añicos en un acto de profanación que para él carecía de todo sentido. Aquello no era un accidente, sino una agresión intencionada: vio en el suelo las huellas de las botas que le habían pisoteado las piernas y los brazos, reduciéndolos a fragmentos poco mayores que los granos de arena sobre los que ahora reposaba. Sin embargo, por alguna razón, la cabeza había escapado a la violencia más extrema, y el doctor Al-Daini no supo si el daño que le había sido infligido era, precisamente por eso, menos horrendo o más brutal.
