
Shea se despertó con un sobresalto, sujetando la sábana que la tapaba. Se esforzó por llevar aire a sus pulmones doloridos con entrecortadas y rápidas inhalaciones. Escudriñando agitada en la oscuridad, parpadeó hasta que sus ojos se acostumbraron de forma gradual a la luz.
El corazón le latió con fuerza al mirar a su alrededor. Era su habitación, se dijo a sí misma. Allí estaba su armario, su mesa de dibujo, sus cortinas agitándose con la brisa refrescante.
Y aquella era su cama.
Sin embargo, deslizó la mano de forma tentativa a su lado hacia las sábanas revueltas, buscando, para relajarse al convencerse de que estaba sola.
Las cortinas se agitaron de nuevo y un rayo de luna se reflejó en la pared y la brisa la hizo estremecerse al llegar a su piel empapada. Temblorosa, se apartó para atrás el pelo fino y se secó la frente perlada de sudor con la manga de su viejo camisón de algodón.
Con un suave gemido, se frotó los ojos. No había tenido aquel sueño en particular desde hacía años. ¿Sueño?, se reprochó a sí misma agitada. No, definitivamente era una pesadilla, una que no había vuelto a experimentar desde que se había enterado de que él se había casado.
De alguna manera, saber que se había comprometido con otra había parecido destruir a aquel fantasma. Y había estado intentando convencerse durante años de que todo quedaba atrás. Pero parecía que los acontecimientos tan turbadores de esa tarde le demostraban que se había equivocado por completo.
Echó un vistazo al dial fosforescente del reloj despertador: La una. Menos de ocho horas desde que su cómoda vida se había trastocado por completo.
Y sin embargo, no había tenido ninguna premonición, ni una sola pista de lo que iba ocurrir mientras aparcaba el coche en el garaje y subía los escalones principales. De hecho, incluso estaba tarareando una melodía que había escuchado en la radio del coche mientras soltaba su maletín en la habitación y seguía por el pasillo hasta la parte trasera de la casa.
