– Dime que no es el delicioso olor de las galletas al enfriarse -le dijo a su suegra en cuanto entró en la cocina.

– No puedo mentir -se rió Norah Finlay secándose las manos enharinadas en el mandil-. Ya sé lo mucho que te gustan, cariño.

Shea lanzó un gemido.

– De eso pueden dar buena fe mis caderas, cada día más anchas -dijo al sentarse alcanzando una de las galletas calientes.

– Caderas anchas es lo que hace falta -se quejó Norah-. No me gusta la moda de ahora de parecer un palillo. No es natural. Una mujer debe parecer una mujer.

– Y yo soy más femenina que la mayoría -Shea dio otro mordisco a la galleta y murmuró su placer-. Esto es estupendo para mi dieta.

– Olvídate de dietas. Estás bien como estás, Shea Finlay, y no escucharé ni una sola palabra en contra.

– Cuando eres una matrona de veintiocho años -empezó Shea mientras Norah se reía a carcajadas.

– ¿Matrona? ¡Por dios bendito! Eres una atractiva mujer joven y sé que no soy la única que lo piensa.

– Eres muy subjetiva, Norah. Pero gracias de todas formas-. No le cuentes a Niall que me he tomado una de estas o me echará esa mirada suficiente de las que quieren decir lo de: haz lo que te digo, no lo que yo hago.

Norah se rió.

– No lo dudes.

El reloj del horno sonó y la mujer se puso el guante de cocina para abrir la puerta.

– ¡Oh, no! -gimió Shea de nuevo-. Galletas cubiertas de chocolate. Ten piedad, Norah.

– Estas son las favoritas de Niall. Y es culpa tuya -echó un vistazo al reloj de pared-. Si no hubieras vuelto a casa pronto, ya las habría guardado en secreto. ¿Y por qué llegas a casa a esta hora? No es propio de ti. ¿O está mi reloj mal?

– No, llego pronto -alcanzó otra galleta y le dio vueltas hasta que se enfrió para poder sujetarla.



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