– Ya sabes que no quiero salir con hombres -dijo con suavidad Shea mientras su suegra suspiraba.

– Ya han pasado cuatro años desde la muerte de Jamie, cariño. Era mi hijo y sé lo feliz que le hiciste. Y también sé que él no querría que te enterraras en vida.

– Ya sé que no lo querría, Norah. Y de verdad que no lo estoy haciendo -se encogió de hombros un poco pensativa-. Es que no me siento preparada para cambiar esa parte de mi vida de forma tan drástica. O al menos, no todavía.

– Jamie… bueno, todos lo queríamos y yo sé que le gustaría verte feliz -Norah se detuvo-. Pero Niall está creciendo. Quizá necesite un padre.

– Niall está muy bien. Nos tiene a nosotros y a sus profesores en el colegio. Tiene buenos modelos, tanto masculinos como femeninos. Está bien como está -Shea alzó la vista hacia su suegra-. Lo está, ¿verdad, Norah?

Ella asintió.

– Sí es un jovencito encantador. Aunque mi opinión puede no ser muy ecuánime siendo su abuela -añadió con una carcajada.

– Hay veces en que lo miro y me pregunto si no debería dar gracias a dios por tener un hijo tan equilibrado y brillante. O quizá sea sólo el buen sentido común que tiene.

– Un poco de las dos cosas, diría yo -Norah empezó a fregar las bandejas del horno-. Y si yo creyera en eso de la reencarnación, diría que el joven Niall Finlay ya ha estado aquí antes.

Shea recogió el paño y empezó a secar los platos.

– Jamie hubiera estado tan orgulloso de él -añadió Norah con suavidad mientras Shea clavaba la vista en la bandeja que tenía entre las manos.

Una punzada leve de pena le cruzó el pecho hasta llegar al corazón.

– Sí -acordó sin mirar a los ojos a su suegra mientras seguían trabajando codo con codo, cada una perdida en sus propios pensamientos hasta que se rompió el silencio de un portazo.

– Abuela. Mamá. Estoy en casa.

Niall Finlay entró corriendo en la habitación quitándose su anorak. Tenía el pelo de punta y el viento le había sonrojado las mejillas.



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