
– ¡Uau! Había tanto viento al lado de la playa que podría arrancar a los perros de sus cadenas -sus ojos grises se abrieron de aprecio-. Galletas. Estupendo, abuela. ¿Puedo tomar una?
Shea intercambió una mirada con Norah y sonrió.
– Sólo una -accedió-. No quiero que te quiten el apetito para la cena.
– De ninguna manera. Podría comerme a un caballo con su jinete.
El chico dio un mordisco a su galleta.
– No sé de dónde sacas esos dichos -comentó su madre con una sonrisa.
– Del abuelo.
– Bueno, ¿dónde has estado? -dijo Norah con rapidez para cambiar de asunto.
– Andando en bici. Pete y yo fuimos hasta la playa y, ¿sabéis lo que ha pasado?
Su madre y su abuela enarcaron las cejas a la vez.
– Creo que va a venir a vivir alguien a la casa grande blanca de la bahía.
Shea contuvo el aliento y sintió las mejillas ardientes. Durante un largo momento, no pudo mirar a la otra mujer. Cuando lo hizo, vio preocupación en los ojos de Norah.
– Hay un fontanero y un electricista y obreros por todas partes -siguió Niall-. Y han empezado a pintar la casa. ¿Y sabéis qué más? Ya no va a ser blanca. Es de color crema amarillento. Ya no la podremos llamar la casa grande blanca.
– Será una pena -replicó Shea con cuidado.
– La gente se va a confundir -dijo su hijo con pesar-. Si preguntas por una dirección por aquí, todo el mundo te dice: vete hasta la casa grande blanca y gira a la izquierda, no llegues hasta la casa grande blanca, y cosas así.
– Sí, ahora que lo dices, me parece que todos tendremos que acostumbrarnos al cambio -convino su abuela.
– Bueno, ¿qué hay de tus deberes? -le recordó Shea a su hijo.
El chico se fue a su habitación con un gruñido dejando un pesado silencio en la cocina.
– Eso no quiere decir nada -dijo Norah por fin mientras seguía frotando una bandeja ya seca.
