Tiré la toalla, mamá, y si supieras cuánto me lo reprocho… Vivo en la contradicción de esta esperanza en que la vida nos vuelva a poner al uno frente al otro, sin saber si me atrevería a hablarle. Ahora tengo que dar un paso adelante, sé que comprenderás lo que estoy a punto de hacer con tu casa y no me lo tendrás en cuenta. Pero no te preocupes, mamá: no he olvidado que la soledad es un jardín donde no crece nada. Aunque hoy viva sin ella, ya no estoy solo, pues ella existe en algún lugar.

Arthur acarició el mármol blanco y se sentó en la piedra, todavía impregnada de la calidez del día. En la pared, junto a la tumba de Lili, crece una vid, y cada año da racimos de uva que picotean los pájaros de Carmel.

Arthur oyó el crujido de la gravilla; se dio la vuelta y vio a Paul, que estaba sentado delante de una estela, a unos metros de distancia. Su amigo también empezó a hablar en un tono de confidencia.

– Esto no está nada bien, ¿eh, señora Tarmachov? ¡Su sepultura se encuentra en un estado vergonzoso! Hace ya mucho tiempo, pero no es culpa mía, ¿sabe? A causa de una mujer cuyo fantasma frecuentaba, esa bestia de ahí decidió abandonar a su mejor amigo. Pero bueno, aquí estoy, nunca es demasiado tarde, y he traído todo lo necesario.

De una bolsa de la tienda, Paul sacó un cepillo, jabón líquido y una botella de agua y se puso a frotar la piedra enérgicamente.

– ¿Se puede saber qué estás haciendo? – preguntó Arthur-. ¿Acaso la conoces, a esa tal señora Tarmachov?

– ¡Murió en 1906!

– Paul, ¿no puedes dejar de hacer estupideces ni dos segundos? ¡Estamos en un lugar de recogimiento!

– ¡Pues yo me recojo limpiando!

– ¿La tumba de una desconocida?

– No es una desconocida, amigo mío -dijo Paul mientras se ponía en pie-. ¡Con la cantidad de veces que me has obligado a acompañarte al cementerio para visitar a tu madre, no me irás a hacer una escena de celos por simpatizar un poco con su vecina!



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