
El aerobús A 340 de Air France avanzaba lentamente sobre la pista, y su extraño morro se aproximó, impresionante, a los cristales de la Terminal. El ruido de las turbinas se ahogó en un silbido largo y el túnel articulado se desplegó hasta el fuselaje.
Paul, tras el tabique de las llegadas internacionales, se agachó y apoyó las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Las puertas correderas se abrieron y la primera oleada de pasajeros se dispersó por el vestíbulo.
A lo lejos, una mano se agitaba entre el gentío; Paul se abrió camino y fue al encuentro de su mejor amigo.
– No aprietes tanto -le dijo Arthur, mientras le daba un abrazo.
Un quiosquero los miraba enternecido.
– Basta -insistió Arthur.
– Te he echado de menos -dijo Paul, llevándoselo hacia los ascensores que conducían al aparcamiento, ante la mirada burlona de su amigo.
– ¿Qué significa esta camisa hawaiana? ¿Te crees Magnum?
Paul se miró en el espejo de la cabina e hizo una mueca mientras se cerraba un botón de la camisa.
– He ido a airear tu nuevo hogar en Delahaye Moving – continuó Paul-. Los de las mudanzas entregaron ayer tus bártulos. He puesto un poco de orden, como he podido.¿Te has comprado todo París, o has dejado al menos dos o tres cosas en las tiendas?
– Gracias por ocuparte de eso; ¿está bien el apartamento?
– Ya lo verás, creo que te va a gustar, y además no está lejos del despacho.
Desde que Arthur terminara la imponente construcción del centro cultural, Paul había hecho todo lo posible para que volviera a San Francisco. Nada podía compensar el vacío dejado en su vida por la partida de aquel a quien amaba como a un hermano.
