
– Ya está, éste es tu nuevo home, sweet home; espero que sea de tu agrado, pero si no te encuentras a gusto siempre podemos arreglarlo con la inmobiliaria. No es sencillo elegir por otra persona…
Arthur lo interrumpió: le gustaría el sitio, estaba seguro de ello.
Atravesaron el vestíbulo del pequeño inmueble cargados con el equipaje. El ascensor los llevó hasta el tercer piso. En el pasillo, al pasar por delante del apartamento 3B, Paul le dijo que había conocido a su vecina, «una belleza», susurró mientras hacía girar la llave en la cerradura de la puerta de enfrente.
Desde el salón, la vista abarcaba los tejados de Pacific Heights. La noche estrellada entraba en la habitación. Los empleados de la empresa de mudanzas habían dispuesto sin orden ni concierto los muebles llegados de Francia y subido la mesa de dibujo, que estaba frente a la ventana. Las cajas de libros estaban vacías y su contenido ya adornaba las estanterías de la biblioteca.
Arthur enseguida desplazó el mobiliario, reorientando el sofá de cara a la cristalera y empujando uno de los dos sillones hacia la pequeña chimenea.
– Veo que sigues siendo tan quisquilloso como siempre.
– Está mejor así, ¿no?
– Está perfecto -contestó Paul-. ¿Te gusta ahora?
– ¡Me siento como en casa!
– ¡Aquí estás, de vuelta en tu ciudad, en tu barrio y, con un poco de suerte, en tu vida!
Paul lo acompañó a las demás habitaciones. El dormitorio era grande y ya estaba amueblado con una gran cama, dos mesitas de noche y una cómoda. Un rayo de luna se filtraba por la ventanita del cuarto de baño contiguo y Arthur la abrió de inmediato; había una hermosa perspectiva.
A Paul le exasperaba tener que dejarle la noche misma de su llegada, pero tenía aquella cena de trabajo; el estudio concursaba en un importante proyecto.
– Hubiera querido acompañarte -dijo Arthur.
