
– ¿Con esa cara de desfase horario? ¡Prefiero que te quedes en casa! Pasaré a buscarte mañana y te llevaré a comer. – Paul estrechó a Arthur entre sus brazos y le repitió hasta qué punto se alegraba de que hubiera vuelto. Al salir del cuarto de baño, se dio la vuelta y señaló las paredes de la estancia.
– ¡Ah! Y en este apartamento hay una cosa formidable en la que aún no has reparado.
– ¿Qué es? -preguntó Arthur.
– ¡No hay ni un solo cuadro!
En el corazón de San Francisco, un rutilante Triumph verde circulaba a toda velocidad por Potrero Avenue. John Mackenzie, el vigilante del aparcamiento del San Francisco Memorial Hospital, dejó su periódico. Reconocía aquel ruido de motor tan especial que hacía el coche de la joven médica en cuanto franqueaba la intersección de la calle Veintidós. Los neumáticos del cabriolé chirriaron delante de su garita. Mackenzie bajó de su taburete y miró el capó, encajado debajo de la barrera casi hasta la altura del parabrisas.
– ¿Tiene que operar de urgencias al decano, o esto lo hace para ponerme nervioso? -preguntó el vigilante, sacudiendo la cabeza.
– Una pequeña descarga de adrenalina no puede hacerle ningún daño a su corazón; debería agradecérmelo, John. ¿Me deja entrar ahora, por favor?
– No tiene guardia esta noche, no hay ninguna plaza reservada para usted.
– Me he olvidado un manual de neurocirugía en la taquilla. ¡Es sólo un minuto!
– Entre su trabajo y este bólido, acabará matándose, doctora. La 27, al fondo a la derecha, está libre.
Lauren le dio las gracias con una sonrisa, la barrera se elevó y ella apretó de inmediato el acelerador, provocando un nuevo chirrido de neumáticos. El viento le levantó varios mechones de pelo, descubriendo en su frente la cicatriz de una antigua herida.
Solo en el salón, Arthur se iba familiarizando con el lugar. Paul había instalado una pequeña cadena estéreo en una de las estanterías de la biblioteca.
