Encendió la radio y se ocupó en desempaquetar las últimas cajas apiladas en un rincón. Sonó el timbre de la puerta y Arthur atravesó el pasillo. Una anciana encantadora le tendió la mano.

– ¡Soy Rose Morrison, su vecina!

Arthur le propuso que entrara, pero ella declinó la invitación.

– Me encantaría charlar con usted -le dijo-, pero tengo una noche muy apretada. En fin, vamos a aclarar las cosas: nada de rap, nada de techno, de vez en cuando algo de rythm amp; blues, pero únicamente del bueno, y en cuanto al hip Hop, ya veremos. Si necesita cualquier cosa, llame a mi puerta; e insista un poco: ¡estoy sorda como una tapia!

La señora Morrison volvió a atravesar el pasillo enseguida Arthur, divertido, se quedó unos instantes en el rellano antes de ponerse otra vez manos a la obra.

Una hora más tarde, los calambres en el estómago le recordaron que no había ingerido nada desde la comida en el avión. Abrió el frigorífico sin grandes esperanzas y descubrió con sorpresa una botella de leche, una barrita de mantequilla, un paquete de tostadas, una bolsa de pasta fresca y una notita de Paul deseándole buen provecho.


El vestíbulo de Urgencias estaba a reventar. Camillas, sillas de ruedas, sillones, bancos… Hasta el menor espacio estaba ocupado. Detrás de los cristales de recepción, Lauren consultaba la lista de ingresos. Apenas había tiempo de borrar de la gran pizarra blanca el nombre de los pacientes que ya habían recibido tratamiento, cuando otros los reemplazaban.

– ¿Se ha producido un terremoto y no me he enterado? -le preguntó a la recepcionista con ironía.

– Tu llegada es providencial: estamos desbordados.

– ¡Ya lo veo! ¿Qué ha ocurrido? -quiso saber Lauren.

– Un remolque se ha desenganchado de un camión y ha terminado en el escaparate de un supermercado. Veintitrés heridos, diez de ellos graves. Siete están en las cabinas detrás de mí, tres en el escáner, y he avisado a los de reanimación para que nos envíen refuerzos -prosiguió Betty, al tiempo que le entregaba una pila de carpetas.



7 из 212