
– Oiga, hijo mío, quédese o váyase, haga lo que quiera, pero sin hacer ruido. Dentro de un minuto, Bruce Lee hará un kata increíble y le meterá una buena tunda a ese jefecillo de la tríada que está empezando a ponerme de losnervios.
Le anciana le hizo un gesto para que se instalara en el sillón vecino, ¡pero en silencio!
– Cuando termine esta escena, coja el plato de carne fría del frigorífico y venga a mirar el resto de la película conmigo ¡no lo lamentará! ¡Además, una cena para dos siempre es mejor que para uno solo!
El hombre tumbado en la mesa de exploración padecía múltiples fracturas en las piernas; y a juzgar por la palidez de su rostro, «padecer» era la palabra adecuada.
Lauren abrió el botiquín y sacó una ampollita de cristal y una jeringuilla.
– No soporto las inyecciones -gimió su paciente.
– ¿Tiene las dos piernas rotas y le da miedo una aguja? ¡Los hombres nunca dejarán de sorprenderme!
– ¿Qué va a inyectarme?
– El remedio más viejo del mundo para luchar contra el dolor.
– ¿Es tóxico?
– El dolor provoca estrés, taquicardia, hipertensión y secuelas irreversibles en la memoria… Créame: es más nocivo que unos miligramos de morfina.
– ¿En la memoria?
– ¿A qué se dedica, señor Kowack?
– Soy mecánico.
– Entonces le propongo un trato: confíe en mí en lo que respecta a su salud y el día en que yo le traiga mi Triumph, le dejaré hacer todo lo que quiera.
Lauren hundió la aguja en el catéter y apretó el pistón de la jeringuilla. Al liberar el alcaloide en la sangre, liberaría a Francis Kowack de su suplicio. El líquido opiáceo penetró en la vena basílica y, en cuanto alcanzó el tronco cerebral, inhibió al instante el mensaje neurológico del dolor. Lauren se sentó en un taburete con ruedas y le secó la frente mientras controlaba su respiración. Se estaba tranquilizando.
