
– A este producto lo llaman morfina, por Morfeo. Ahora, descanse. Ha tenido mucha suerte.
Kowack levantó los ojos al cielo.
– Estaba haciendo mis compras -murmuró el hombre-. Me ha atropellado un camión en la sección de congelados y tengo las piernas hechas trizas.
– ¡Que no se encuentre en la cabina que tiene justo al lado!
La cortina de la sala de exploración se deslizó sobre sus rieles. El profesor Fernstein ponía cara de tener un mal día.
– ¿No tenía libre este fin de semana? -dijo.
– ¡La creencia es un cuestión religiosa! -Contestó Lauren, con brusquedad-. Sólo me he pasado un momento pero, como puede comprobar aquí no falta trabajo -añadió prosiguiendo su examen.
– Raramente falta trabajo en un servicio de Urgencias. Si juega con su salud, también está jugando con la de sus pacientes. ¿Cuántas horas de guardia ha realizado esta semana? No sé por qué le hago esta pregunta, aún es capaz de contestarme que cuando a uno le gusta, no cuentan las horas -dijo Fernstein, furioso, saliendo del box.
– ¡Es un caso! -refunfuñó Lauren, aplicando el estetoscopio sobre el pecho del mecánico, que la miraba aterrorizado-. Tranquilícese, sigo en plena forma, y él siempre es así de cascarrabias.
– Yo me ocuparé de él -dijo Betty dirigiéndose a Lauren -.Te necesitamos. ¡Estamos totalmente desbordados!
Lauren se levantó y le pidió a la enfermera que telefonease a su madre. Iba a quedarse toda la noche y alguien tendría que cuidar de su perra Kali.
La señora Morrison estaba lavando los platos y Arthur se había adormecido en el sofá.
– Creo que ya es hora de que vaya a acostarse.
– Yo también lo creo -dijo Arthur, estirándose-. Gracias por la velada.
– Bienvenido a Pacific Sreet 212. A menudo soy demasiado discreta, pero si necesita cualquier cosa, siempre puede llamar a mi puerta.
