
PARA SARAH HALIFAX QUE LO DESCUBRIÓ TODO 1 DE MARZO DE 2010
Asintió, recordando lo orgulloso que se había sentido aquel día, aunque la fama hubiera puesto sus vidas brevemente patas arriba.
Sobre la repisa había montada una pantalla plana magfótica que, cuando no estaban viendo nada, indicaba la hora en grandes números rojos de un palmo de altura, lo bastante grandes para que Sarah pudiera verlos desde el otro lado de la habitación; como decía a menudo, menos mal que no era astrónoma óptica. Eran las 3.17 de la tarde. Mientras Don miraba, los segmentos restantes del dígito situado más a la derecha se iluminaron: las 3.18. Se suponía que la fiesta tendría que haber empezado a las tres, pero aún no había llegado nadie y Sarah todavía estaba arriba arreglándose.
Don juró mentalmente tratar de no ser duro con los nietos. Nunca pretendía reñirlos, pero de algún modo siempre lo hacía; a su edad, había un nivel constante de dolor de fondo, y eso influía en su temperamento.
Oyó abrirse la puerta principal. La casa conocía los datos biométricos de los chicos, que siempre entraban sin llamar al timbre. El salón tenía una corta escalera en un extremo que conducía a la entrada y una más larga que llevaba a los dormitorios. Don se acercó al pie de la que subía.
—¡Sarah! —llamó—. ¡Ya están aquí!
Luego se dirigió al otro extremo de la habitación, cada pisada recalcada por una punzadita de dolor. No había subido nadie todavía: estaban en Toronto y era febrero y, maldito fuera el calentamiento global, aún tenían que quitarse las botas y los chaquetones. Antes de llegar a las escaleras, captó el lío de voces: eran Carl y los suyos.
Los miró desde su puesto de observación y notó que sonreía. Su hijo, su nuera, su nieto y su nieta: parte de su inmortalidad. Carl estaba inclinado de un modo que a él le hubiese resultado imposible para quitarse una bota. Desde ese ángulo veía claramente la considerable calva de la coronilla de su hijo, una cosa trivial de corregir, de haber sido Carl vanidoso, pero ni a él ni a su hijo, que tenía entonces cincuenta y cuatro años, podrían acusarlos jamás de eso.
