
Ángela, la rubia esposa de Carl, era diez años más joven que su marido. Intentaba quitarle las botas a la pequeña Cassie, que estaba sentada en una silla de la entrada. La niña, que no colaboraba precisamente, alzó la cabeza y le vio, y una gran sonrisa se extendió por su Carita redonda.
—¡Abuelo!
El la saludó. Cuando terminaron de quitarse la ropa de abrigo, todos subieron las escaleras. Ángela lo besó en la mejilla al pasar, cargada con la caja rectangular de una tarta. Entró en la cocina. Percy, de doce años, subió a continuación, y luego Cassie, apoyándose en el pasamanos que apenas alcanzaba para ayudarse a subir los seis escalones.
Don se agachó, sintiendo calambres en la espalda. Hubiese querido tomar en brazos a Cassie, pero era imposible. Se contentó con dejar que ella le rodeara el cuello con sus bracitos y le diera un apretón. Cassie no era consciente de que le estaba haciendo daño y él lo soportó hasta que lo soltó. Entones la niña cruzó el salón y siguió a su madre a la cocina. Él se volvió a mirarla y vio que Sarah bajaba las escaleras, pasito a pasito, agarrándose dolorosamente a la barandilla con ambas manos.
A punto de alcanzar el último escalón, Don oyó de nuevo abrirse la puerta principal, y su hija Emily (divorciada, sin hijos) entró. Pronto todos abarrotaron el salón. Con los implantes de los oídos, la capacidad de audición de Don no era mala en circunstancias normales, pero no distinguía ninguna conversación con el runrún que llenaba el aire. Pero era su familia, y estaban todos juntos. Se sentía feliz por ello, sin embargo…
