Quizá sería la última vez. Se habían reunido hacía apenas seis semanas para celebrar la Navidad en casa de Carl, en Ajax. Sus hijos y nietos normalmente no hubiesen vuelto a reunirse hasta la siguiente Navidad, pero…

El ya no podía contar con que hubiera una próxima Navidad; no a su edad…

No; no tendría que haber estado pensando en eso. Aquél era un día de fiesta, de celebración. Debía disfrutarlo y…

Y de repente se encontró con una copa de champán en la mano. Emily recorría la habitación, repartiéndolas a los adultos, mientras Carl les ofrecía a los niños vasos de plástico llenos de zumo.

—Papá, ponte junto a mamá —dijo Carl.

Y el obedeció y cruzó la habitación hasta donde estaba ella: no de pie, no podía estar de pie mucho tiempo. Estaba sentada en el viejo sillón reclinable. Ninguno de los dos lo reclinaba ya, aunque a los nietos les encantaba manejar el mecanismo. Don se colocó junto a Sarah, mirando su pelo blanco como la nieve. Ella dobló el cuello tanto como pudo para mirarlo y una sonrisa surcó su rostro, una arruga más en un paisaje de arrugas y pliegues.

—¡Todo el mundo, por favor, atento todo el mundo! —gritó Carl. Era el mayor de los hijos de Don y Sarah y siempre dirigía—. ¡Atención, por favor!

La conversación y las risas se apagaron rápidamente, y Don vio que Carl alzaba su copa de champán.

—Me gustaría proponer un brindis. ¡Por mamá y papá, en su sexagésimo aniversario de bodas!

Los adultos alzaron sus copas y, un momento después, los niños los imitaron con sus vasos.

—¡Por Don y Sarah! —dijo Emily.

—Por el abuelo y la abuela —declaró Percy.

Don tomó un sorbo de champán, el primero que probaba desde la pasada Nochevieja. Notó que la mano le temblaba todavía más que de costumbre, aunque en esta ocasión no por la edad sino por la emoción.



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