
Hasta ese mismo momento.
En cuanto Sarah dejó de hablar con Lenore, el teléfono volvió a sonar. La llamada que estaba contestando, como reveló en un susurro mientras cubría con la mano el fonocular, era de la CNN. Don recordó el pandemónium de la última vez, cuando ella había descubierto el sentido del primer mensaje. Dios, ¿se habían esfumado las décadas?
Todos se hallaban de pie o sentados formando un semicírculo, contemplando a Sarah. Incluso los niños se habían dado cuenta de que estaba sucediendo algo importante, aunque no tenían ni idea de qué.
—No —estaba diciendo Sarah—. No, no tengo nada que comentar. No, no pueden. Hoy es mi aniversario. No voy a dejar que lo estropeen unos desconocidos viniendo a casa. ¿Qué? No, no. Mire, de verdad que tengo que dejarlo. Muy bien. Muy bien. Sí, sí. Adiós.
Pulsó el botón que ponía fin a la llamada, luego miró a Don y alzó un poquito sus débiles hombros.
—Lamento toda la molestia —dijo—. Es…
El teléfono volvió a sonar, con un pitido electrónico que a Don no solía hacerle gracia. Fue Carl quien tomó el receptor de la mano de su madre y lo apagó.
—Pueden dejar un mensaje si quieren.
Sarah frunció el ceño.
—Pero ¿y si alguien necesita ayuda?
Carl extendió los brazos.
—Aquí tienes a toda tu familia. ¿Quién más puede llamar pidiendo ayuda? Relájate, mamá. Y, por favor, disfrutemos del resto de la fiesta.
Don contempló la habitación. Carl tenía dieciséis años cuando su madre había sido brevemente famosa, pero Emily acababa de cumplir diez y no había llegado a comprender del todo lo que estaba pasando. En aquel momento miraba a Sarah con el asombro pintado en su alargado rostro.
