– In nomine Patris.

Eddie escuchó el murmullo de la voz del padre mientras éste le administraba a Krystyna la extremaunción. Vio cómo el enorme pulgar del padre ungía la frente de su esposa con aceite y hacía el signo de la cruz.

Cuando llegaron los padres de Krystyna y su hermana Irene se abrazaron a Eddie; formaban un grupo desolado y lloroso, se dejaron caer de rodillas, lamentándose, estremecidos por el dolor, mientras Eddie repetía sin cesar:

– Ella… iba a tu casa, Mary. Ahí es donde debía estar ahora. Ella debería estar en tu casa -y miraron a través de las lágrimas los restos de los frascos de fruta, esparcidos sobre las vías del ferrocarril que reflejaban los rayos del Sol de mediodía como las olas en un lago.

Después de dejarlos llorar un rato, el padre dio su bendición a Mary, a Richard y a Irene; luego los deudos llevaron la camilla hasta la carroza. Cuando las puertas del vehículo se cerraron, Mary preguntó a su yerno:

– ¿Ya se lo dijiste a Anne y a Lucy?

– Aún no -esa sola idea hizo que Eddie volviera a llorar, atontado, y el padre de Krystyna le puso un brazo sobre los hombros.

– Eddie, ¿quieres que estemos contigo cuando se lo digas? -le preguntó Mary.

– No… no sé.

– Si quieres, podemos acompañarte, Eddie -aseguró Irene.

– No sé -repitió él con un suspiro de agotamiento.

El padre Kuzdek intervino.

– Vamos, Eddie. Se lo diremos juntos a las niñas. Tú y yo. Y luego Mary, Richard, Irene y tú podrán llevarlas a casa.

– Sí -estuvo de acuerdo Eddie, agradecido de que alguien le indicara lo que tenía que hacer-. Sí, gracias, padre.

El pequeño grupo se dispersó hacia los distintos autos y un nuevo temor se apoderó de ellos. Todos sabían lo difícil que había sido la última hora, pero la siguiente sería peor, porque tendrían que darle la noticia a las niñas.



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