
Distinguieron las nubes rojizas de las señales de advertencia mucho antes de ver siquiera el tren. Pasaron el furgón de cola… incluso éste había logrado atravesar el cruce; siguieron paralelos al tren hasta que vieron que más adelante, en el recodo de la carretera, ya se habían reunido varios vehículos: el Chevrolet del alguacil Cecil Monnie, un camión de la estación D-X de Leo Reamer, el automóvil del comisario y la carroza fúnebre de Iten & Heid. Browerville era demasiado pequeño para tener un hospital, así que cuando hacía falta, Ed Iten usaba su carroza como ambulancia.
Conforme el padre disminuía la velocidad, Eddie observaba con atención el lugar.
– ¿La arrastró todo este trecho? -se preguntó aturdido. Luego vio su auto, aplastado, deshecho y desprendiéndose de la locomotora por secciones. Al lado del tren habían colocado el cuerpo en una camilla.
Bajó del Buick y avanzó a tropezones entre el pasto silvestre que le daba a la cadera, bajó en una zanja y subió por el otro lado; Conrad y el padre lo seguían de cerca. El cobrador, que llevaba una tabla con sujetapapeles, dejó de reunir detalles del accidente para la compañía del ferrocarril y permaneció de pie, en respetuoso silencio, mientras veía llegar a los tres hombres.
Eddie Olczak nunca volvería a temer al infierno, porque aquel día, mientras se arrodillaba al lado del cuerpo de Krystyna, vivió un infierno tan inmisericorde que nada en esta vida o en la otra lograría lastimarlo más.
– ¡Oh, Krystyna! -lloró para liberarse del dolor y de la pérdida, como seguramente lo hacen las ánimas del purgatorio. Con el rostro demudado contempló a los que se erguían de pie sobre él y preguntó-: ¿Cómo se lo diré a mis pequeñas? ¿Qué van a hacer sin ella? ¿Qué haremos los tres sin ella? -ninguno supo qué contestar, pero permanecieron a su lado, sintiendo que la conmoción de la muerte también los afectaba. El padre Kuzdek besó su estola y se la colocó; en seguida hincó una rodilla para orar.
