Por contraste con sus compañeros de ruta en la odisea de la novela de la dictadura, el paraguayo Augusto Roa Bastos (Asunción, Paraguay, 1917) ha sido siempre un autor más bien oscuro, inscrito a veces y a regañadientes en el fenómeno del boom, aunque con frecuencia marginado de éste por las singularidades de su historia personal así como de su bibliografía. Marcado como tantos otros por la narrativa de William Faulkner, Roa Bastos transita sin embargo por aguas literarias que, al menos en apariencia, no encajan del todo en las fuentes literarias más conocidas de la literatura latinoamericana del siglo XX. Lector ávido de las Hawthorne, Melvilley los iluministas franceses, y amigo personal de André Malraux y Jorge Luis Borges, el autor de Yo el Supremo hace gala en sus cuentos y novelas de una sobriedad de estilo que difiere dramáticamente del barroquismo con el que se suele asociar a la literatura de autores como García Márquez o de Carpentier. De ahí, entre otras cosas, que se le haya reconocido con el Premio Cervantes por tratarse de uno de los autores que con mayor claridad han impuesto el modelo cervantino sobre cualquier otra de sus influencias.

Aunque atípica en el conjunto de su amplia bibliografía, Yo el Supremo es considerada la obra maestra de Augusto Roa Bastos. Los hay quienes aún prefieren sus primeros cuentos o la más parca Hijo de hombre. No obstante, es en verdad dificil negar que en esta novela se encuentran no sólo las mejores muestras de su cosmovisión idealista o su enorme virtuosismo estilístico, sino su más importante y arriesgada apuesta estructural.



2 из 503