Construida a modo de collage, Yo el Supremo es un auténtico catálogo de la amplia gama de formas y tiempos que para contar ofrece nuestro idioma. Cronologías, pasquines, memorandos, cartas, testimonios anónimos, monólogos en tiempos dislocados y polifonías de voces que se contradicen constantemente para contar una verdad sin cortapisas, esta novela de la dictadura es tan exigente como gratificante para el lector. Descrita por el propio autor como una intrahistoria en el sentido unamuniano de la palabra, Yo el Supremo es el relato del alma de una de las grandes figuras de la historia a partir de la visión de sus pobres gentes, de sus pequeños protagonistas, en fin, de las víctimas secretas de un tiempo y un lugar donde las singularidades del ejercicio del poder cicatrizaron profundamente en un escritor que muy pronto se reconoció como hijo de un padre autoritario y supo descubrir en su propia biografia, plagada de exilios, desencuentros, guerras y tiranías de toda índole, la historia colectiva de lo que hoy es el ser latinoamericano.

El protagonista de Yo el Supremo no es, como en otros casos, un dictador arquetípico ni una amalgama de todos los dictadores latinoamericanos. Por el contrario, se trata de un personaje histórico profusa y profundamente retratado con más respeto a la verosimilitud que a la satanización: José Gaspar Rodríguez de Francia, dictador del Paraguay a principios del siglo XIX, fanático, idealista, cruel y honrado hasta la monomanía, Minotauro en el laberinto del poder pero también marcado por el escrúpulo, por su afición a un singularísimo y muy estricto código ético que lo aleja del tirano común para convertirlo en una especie de antiquijote, un loco violento más parecido a melancólico Cárdenio de Cervantes que al propio Caballero de la Triste Figura.

No son el estilo ni la exacerbación maniática de la moral del Supremo lo único que hermana esta obra con su modelo cervantino.



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