Pero a mí no me importa. He acondicionado mi casa como una fortaleza inexpugnable en la isla que heredé. Cuando subo a la cima de la montaña que se alza detrás de la casa, veo el mar en toda su inmensidad. No hay nada más que islotes y arrecifes cuyas negras espaldas se entrevén justo a ras de la superficie del agua o de la banquisa. Si miro en la otra dirección, aumenta el número de islas. Pero por ninguna parte veo otra casa que la mía.


Claro que no era así como yo me había imaginado mi vida.

Ésta iba a ser mi casa de veraneo. No la última muralla a cuya defensa deba entregarme. Cada mañana, una vez que he terminado de practicar mi agujero o después de darme un baño en unas aguas templadas por el estío, vuelvo a preguntarme qué fue de mi vida realmente.

Yo sé lo que pasó. Cometí un error. Y me negué a aceptar sus consecuencias. De haber sabido entonces lo que sé hoy, ¿qué habría hecho? Lo ignoro. Lo único de lo que estoy seguro es de que no habría tenido que pasarme la vida aquí junto al mar abierto, como un prisionero.


Mi vida se habría desarrollado según el plan preestablecido.

Ya a muy temprana edad, decidí ser médico. Fue el día en que cumplí quince años y, ante mi asombro, mi padre me invitó a comer en un restaurante. Él, que era camarero y que, como manifestación de una batalla permanente por su dignidad sólo trabajaba durante el día, nunca por la noche. Si le ordenaban que cambiase al turno de tarde, se despedía. Aún recuerdo los accesos de llanto y de desasosiego de mi madre cuando, alguna que otra vez, llegaba a casa y nos comunicaba que había dejado el trabajo. Pero aquel día me llevó a comer a un restaurante. Oí que mis padres discutían sobre si era conveniente que yo fuese o no. La disputa terminó cuando mi madre se encerró en el dormitorio, cosa que solía hacer si las cosas se le ponían en contra. Durante periodos de dificultad extrema, se pasaba casi todo el tiempo encerrada en su habitación, donde siempre olía a lágrimas y a lavanda. Yo dormía en el sofá de la cocina y, en esas ocasiones, mi padre suspiraba y extendía un colchón en el suelo.



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