A lo largo de mi vida me he relacionado con muchas personas que lloraban. Durante los años que ejercí la medicina, me enfrentaba a los moribundos y a quienes se veían obligados a aceptar la enfermedad incurable de algún pariente. Pero jamás observé que sus lágrimas exhalasen un perfume similar al de las lágrimas de mi madre. Camino del restaurante, mi padre me explicó que mi madre era hipersensible. Aún me pregunto lo que yo contesté entonces. ¿Qué podía decir, en realidad? Mis primeros recuerdos consisten en imágenes de mi madre llorando porque no teníamos dinero, por la pobreza que consumía todos los aspectos de nuestra vida. Mi padre no parecía oír su llanto. Que, cuando él volvía a casa del trabajo, ella estaba de buen humor, estupendo. Que, por el contrario, se la encontraba en la cama llorando lágrimas con perfume de lavanda, le parecía igualmente estupendo. Mi padre solía pasarse las tardes ordenando su inmensa colección de soldaditos de plomo y colocándolos según reconstrucciones de batallas de la Historia. Antes de que me durmiese, venía a sentarse un rato en el borde de mi cama, me acariciaba la cabeza y me decía que lamentaba que mi madre adoleciese de una sensibilidad tal que resultaba imposible pensar siquiera en darme un hermano.

Crecí en una tierra de nadie, entre lágrimas y soldaditos de plomo. Y con un padre que se empecinaba en afirmar que un camarero y un cantante de ópera tenían en común la necesidad de disponer de unos buenos zapatos para realizar su trabajo.


Al final hicimos lo que él quería: fuimos al restaurante. Un camarero se acercó para tomarnos el pedido. Mi padre formuló abundantes y complejas preguntas sobre el asado de ternera por el que al final se decidió. Yo, por mi parte, opté por el arenque. Había aprendido a apreciar el pescado durante mis veranos en la isla. El camarero se retiró.



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