Ambas rieron y pasó el momento de seriedad. Poco después, sigilosamente se abrió la puerta y una mujer de elevada estatura entró en silencio y se las quedó mirando un instante antes de que ellas advirtieran su presencia. La acompañaba un enorme gato gris que también las miró con expresión enigmática. Era la zarina Alejandra, que acababa de abandonar la habitación donde atendía a sus tres hijas enfermas.

– Buenas tardes, niñas.

Sonrió cuando Zoya se volvió para mirarla. Ambas jóvenes se levantaron de inmediato y Zoya corrió a besarla. La zarina había sufrido el sarampión hacía años y no corría peligro de contagio.

– ¡Tita! ¿Cómo están los enfermos?

La zarina abrazó cariñosamente a Zoya y suspiró mientras sus labios esbozaban una sonrisa cansada.

– Bueno, pues la verdad es que no demasiado bien. La pobre Ana es la que está peor. -Se refería a su querida Ana Vyrubova que, junto con Lili Dehn, era su más íntima amiga-. ¿Y tú, pequeña? ¿Estás bien?

– Sí, gracias -contestó Zoya, ruborizándose como a menudo le sucedía.

Era lo que más le fastidiaba de su tez de pelirroja; eso, y también que el sol siempre le quemara la piel en el yate real o cuando estaban en Livadia.

– Me sorprende que tu madre te haya permitido visitarnos hoy. -La zarina sabía lo mucho que la condesa temía los contagios. El intenso rubor de Zoya le reveló la verdad sin necesidad de que la muchacha lo confesara-. Conque esas tenemos, ¿eh? -añadió, riéndose mientras agitaba un dedo en su dirección-. ¿Dónde le dirás que has estado?

Zoya rió en tono culpable y confesó a la madre de María lo que pensaba decirle a la suya.

– Me he pasado horas y horas en la clase de ballet, ensayando muy duro con madame Nastova.

– Ya. Es tremendo que muchachas de vuestra edad tengan que decir semejantes mentiras, pero hubiera debido comprender que no podéis estar separadas. -Dirigiéndose a su hija, la zarina preguntó-: ¿Le diste a Zoya su regalo, cariño?



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