
– Pues no sé, tonterías, supongo -contestó María, mirando con una sonrisa a su amiga. Ambas estaban a punto de cumplir dieciocho años, y el matrimonio ya empezaba a rondarles por la cabeza. Tal vez cuando terminara la guerra…-. Me preguntaba con quién nos casaremos algún día.
Siempre era sincera con Zoya.
– Yo también lo pienso a veces. La abuela dice que ya es hora de pensar en ello. Cree que el príncipe Orlov sería un hombre muy apropiado para mí… -De repente, Zoya se echó a reír y sacudió la cabeza, deshaciendo la trenza que Mashka le había hecho-. ¿Has pensado alguna vez, al ver a alguien, que podría ser él?
– No muy a menudo. Olga y Tatiana tendrían que casarse primero. Tatiana es tan seria que no me la imagino casada con nadie. -De entre todas las hermanas, era la que más unida estaba a su madre, y María suponía que siempre querría permanecer en el seno de la familia-. De todos modos, sería bonito tener hijos.
– ¿Cuántos? -preguntó Zoya en broma.
– Por lo menos, cinco.
Era el tamaño de su propia familia y a María siempre le pareció perfecto.
– Pues yo quiero seis -dijo Zoya con absoluta certeza-. Tres niños y tres niñas.
– ¡Todos pelirrojos! -exclamó María, riéndose mientras se inclinaba sobre la mesa para acariciar cariñosamente la mejilla de su amiga-. Eres de verdad la mejor amiga que tengo.
Ambas se miraron a los ojos, y Zoya tomó la mano de María y la besó con vehemencia infantil.
– Siempre pensé que ojalá hubieras sido mi hermana -dijo Zoya.
En su lugar, tenía un hermano mayor que constantemente se burlaba sin piedad de su melena pelirroja. Él era moreno como su padre, aunque tenía los ojos verdes. Poseía la misma fortaleza y dignidad que su padre y contaba veintitrés años, es decir, cinco y medio más que ella.
– ¿Cómo está Nicolai últimamente?
– Insoportable, como de costumbre. Pero mamá se alegra mucho de que esté aquí en la Guardia Preobrajensky y no en el frente quién sabe dónde. La abuela dice que se quedó aquí para no perderse ninguna fiesta.
