– Me harías un gran favor si te la quedaras, querida.

La zarina sonrió y suspiró, sentándose en una de las dos sillas. Se la veía extremadamente cansada y Zoya advirtió entonces que iba vestida con el uniforme de la Cruz Roja. Se preguntó si se lo habría puesto para atender a sus hijos y a su amiga enfermos o si aquel día habría trabajado también en el hospital. La soberana se tomaba muy en serio su labor en el hospital e insistía siempre en que sus hijas colaboraran.

– Mamá, ¿te apetece un poco de té?

– Te lo agradeceré, Mashka.

María tocó la campanilla y la doncella se presentó de inmediato, sabiendo que la zarina estaba allí con las muchachas. Poco después regresó con una tetera humeante. María sirvió té para las tres.

– ¿Cómo está tu abuela, Zoya? -preguntó la zarina, refiriéndose a la prima lejana de su marido-. Llevo varios meses sin verla. He estado muy ocupada aquí y apenas voy a San Petersburgo.

– Está muy bien, tita, muchas gracias.

– ¿Y tus padres?

– Bien. Mamá teme que envíen a Nicolai al frente y papá dice que eso la tiene muy nerviosa y preocupada. -Natalia Ossupov se ponía nerviosa por cualquier cosa, era tremendamente frágil, y su marido satisfacía todos sus caprichos y deseos. A menudo la zarina le comentaba en privado a María que no le parecía conveniente que él la mimara tanto, aunque, por fortuna, Zoya nunca se las daba de mártir. Estaba llena de fuego y de vida, y no conocía la timidez. Alejandro se imaginaba siempre a la madre de Zoya reclinada en un sillón, toda vestida de seda blanca y adornada con sus increíbles perlas, con su pálida piel, su rubio cabello y una mirada de terror en los ojos como si la vida fuera para ella una carga insoportable. Al inicio de la guerra, le había pedido que la ayudara en su tarea de la Cruz Roja, pero Natalia contestó que no podría resistirlo. No era precisamente uno de los mejores ejemplares de la especie humana, pero la zarina se abstuvo de hacer comentarios y solo asintió con la cabeza.



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