
– Dale recuerdos de mi parte cuando vuelvas a casa.
Zoya miró a través de la ventana y, al ver que ya había oscurecido, se levantó de un salto y consultó horrorizada su reloj.
– ¡Oh! ¡Debo marcharme ahora mismo! ¡Mamá se pondrá furiosa!
– ¡Y con razón! -dijo la zarina riéndose. Después se levantó, destacando con su elevada estatura al lado de la joven-. ¡No mientas a tu madre sobre dónde estuviste! Aunque ya sé lo mucho que le disgustará saber que te has expuesto al contagio del sarampión. ¿Lo tuviste de niña?
– No -contestó Zoya, riéndose-, pero tampoco lo pillaré ahora, y si lo pillo…
Se encogió de hombros y estalló en otra carcajada mientras María la miraba sonriente.
Era una de las cosas que más le gustaba de ella, su valentía y despreocupación. Juntas habían cometido muchas travesuras a lo largo de los años, aunque nunca cosas peligrosas o auténticamente perjudiciales.
– Ahora te mandaré a casa. Tengo que atender a los niños y a la pobre Ana…
La zarina se despidió de ambas jóvenes con un beso y se retiró. María recogió el cachorro de donde estaba escondido, lo envolvió de nuevo en la manta y se lo entregó a Zoya.
– ¡No te olvides de Sava!
– ¿De veras me puedo quedar con ella? -preguntó Zoya con los ojos rebosantes de amor.
– Es tuya. Lo decidí al principio, pero quería darte una sorpresa. Protégela con tu abrigo por el camino. Así conservará el calor. -La perrilla tenía solo siete semanas y había nacido el día de la Navidad rusa. Zoya se entusiasmó al verla por primera vez en Navidad cuando la familia acudió a palacio para cenar con el zar y sus allegados-. Tu madre se pondrá furiosa, ¿verdad? -preguntó María, riéndose.
– Sí -contestó Zoya-, pero yo le diré que la tuya se ofenderá muchísimo si la devolvemos. Y mamá no querrá disgustarla.
